14.1.11

Cerebro de pájaro

¿Es la crítica del arte tan fácil que hasta un pichón puede hacerla?

Morgan Meis


Siempre he sospechado de los pájaros. Quizás se deba a que siempre están espiándonos desde arriba. Nuestros ancestros entendían que los pájaros estaban confabulados con fuerzas poderosas. Hurgaban en las entrañas de los pájaros para encontrar mensajes de los cielos, profecías del infierno. Se preguntaban para quienes trabajaban los pájaros. El pobre Prometeo fue castigado por el simple y humanitario acto de darle fuego a la humanidad. No es casualidad que haya sido castigado con la tortura de un águila que por una eternidad se alimentó de su hígado. Los pájaros siempre nos venderán por una miseria.

Nuestra más reciente humillación en manos de nuestros amiguitos emplumados proviene del inesperado ámbito de la crítica de arte. Los pájaros, al parecer, pueden entrar a cualquier área si existe la posibilidad de hacernos ver como unos tontos.

Esto fue lo que sucedió. Shigeru Watanabe (un psicólogo de la Universidad de Keio en Tokyo, y posiblemente un hombre aliado a los pájaros) montó un experimento vil. Watanabe le mostró pinturas de niños a unos pichones; un panel de adultos había declarado que cada obra era mala o buena. Entrenó a los pichones a distinguir entre éstas con un sistema de sabrosas recompensas. Cuando los pichones picoteaban correctamente, les daba semillas. Después, le presentó a los pichones diez pinturas que no habían visto. Los pichones reconocían las pinturas como “buenas” dos veces más que cuando reconocían a las pinturas “malas.” En resumen, terminaron siendo bastante buenos críticos. Existen aquellos (se suprimen los nombres) que escriben para publicaciones mayores a quienes podría irles notablemente menos bien. Dados estos resultados, Watanabe sostiene que “los pichones son capaces de aprender el concepto de una clase de estímulos que los seres humanos señalan como ‘buenas’ pinturas.”

Como si la crítica no estuviera en suficientes problemas desde antes. Todos los días, menos personas le prestan atención a lo que los críticos tienen que decir acerca de algo. En respuesta, los críticos pasan más tiempo tratando de justificar su oficio. Y luego llegan estos pichones, picotean una sola vez, y sanseacabó. La situación es particularmente nefasta para aquellos que siguen insistiendo que la crítica tiene que ver esencialmente con separar el arte bueno del malo, con sostener los juicios del buen gusto. El crítico de arte de The Guardian, Jonathan Jones, resumió recientemente su posición bastante bien, “Un crítico,” escribió, “es básicamente un bastardo arrogante que dice ‘eso está bien, eso está mal’ sin ser necesariamente capaz de explicar porqué.”

El gigante de la crítica de arte del siglo XX, Clement Greenberg, hubiera estado de acuerdo. Jones y Greenberg afirman que algunas personas simplemente tienen una habilidad especial para juzgar. Argumentan que algunas personas tienen mejor gusto que otras, y que el arte se sirve mejor cuando dichas personas hacen juicios definitivos basados en ese gusto. Cuando los buenos críticos hacen el trabajo de juzgar arte, también proporcionan un servicio mayor para la humanidad, empujando al resto de nosotros un poco más hacia el desarrollo de nuestros gustos.

Un crítico de esta tradición se encuentra en su estado más esencial cuando simplemente señala y proclama: “Bueno. Malo.” Pero los seres humanos siempre complicamos el proceso. Terminan diciendo demasiado. De ahí que los pichones tienen una ventaja natural. Son felices simplemente picoteando. Por lo tanto, ofrezcamos a estos pichones puestos en todos los principales periódicos y revistas alrededor del mundo. Visualizo un futuro en el cual un ejército de pichones críticos picotee a través de toda la historia del arte, presentando sus opiniones finales en una conferencia anual de pájaros. Finalmente sabremos si el Tiziano fue mejor que Caravaggio. Sabremos tantas cosas. Un sistema de valoración de este o aquel número de picoteos puede adoptarse en las galerías y los museos. Cada picoteo arrojará una cantidad de miles de dólares en las casas de subasta. Una nueva objetividad será disfrutada por todos. Los críticos humanos ya no tendrán que retorcer sus manos y engreírse en el acto de enjuiciar.

Jonathan Jones, por ejemplo, escribe, “Cuando digo que Hirst es un gran artista y que Ron Mueck, Marc Quinn y Banksy son ordinarios, sí creo que mi opinión sea verdadera –y que cualquiera que piense lo contrario carece de agudeza.” Para su suerte, pronto será relevado de la necesidad de tal bravuconería. Ya no tendrá que defenderse. Simplemente se referirá al sistema de valoración por picoteo y sabrá con seguridad si Hirst realmente es mejor que Mueck. Disfruten el arte de Mueck todo lo que quieran, no serás capaz de negar que es, digamos, un artista de tres picoteos, mientras que Hirst es de ocho.

Jones dice, “realmente es tiempo de defender lo que es bueno contra lo que es meretricio. Y realmente es posible encontrar ejemplos de excelencia así como de estupidez. En otras palabras, es un gran momento para ser un crítico –de tratar de mostrar a las personas lo que realmente importa.” En esto tiene razón. Verdaderamente es un gran momento para ser un crítico. Para los pájaros. Es momento de que los pájaros finalmente le muestren a las personas lo que realmente importa.

Pero te has de preguntar, ¿qué harán todos los críticos humanos después de haber delegado la crítica a los pájaros? Afortunadamente, hay una respuesta. El Profesor Watanabe hizo la siguiente observación: “Los experimentos demostraron la habilidad de discriminación, no la habilidad para disfrutar la pintura.” Ah, ahí está el detalle. Estos pajarracos pensaron que podían derribarnos unos cuantos peldaños al mostrarnos su habilidad para discriminar. Pero todo es tan mecánico con estos pájaros. Un picoteo ahí, otro picoteo allá y terminamos con la tarea. ¿Dónde está el goce?

Eso es algo que tenemos los humanos. Somos muy buenos para disfrutar. También nos va bien con el sentimiento de miseria. En resumen, somos una especie dramática y emocional. Es algo que las creaturas voladoras, con sus perspectivas aéreas y ojo de pájaro, tienen problemas para entender. Una vez que los picoteos finales del juicio han sido emitidos, los seres humanos seguiremos teniendo la habilidad, y ciertamente la necesidad, de hablar acerca del arte. Seguiremos teniendo que desarrollar nuestra propia relación con la obra que se ha picoteado.

Incluso hasta Jonathan Jones seguirá teniendo trabajo. A pesar de su pose Greenbergiana, la gran mayoría de las columnas de Jones para The Guardian ignoran las preguntas comparativas de bueno y malo, y discuten mejor el porqué. Se envuelve en una obra y quiere que te emociones por ella, igual que él. No tolera el outsider art, haciendo proclamas sobre el valor o la carencia de. Se pone de modo con el arte. Escribe cosas como, “Tendrías que tener corazón de piedra si no te conmovió, por lo menos un poco, por el prospecto de un pintor anciano parado en un abierto paraje en el este de Yorkshire, tocando las nubes y el cielo y los árboles hacia una segunda existencia en un lienzo que se mueve con el viento.” En su verdadera práctica como crítico, Jones es un participante, no un juez. Su obra sugiere que la crítica es simplemente parte de lo que hace al arte arte.

Resulta que ha habido críticos menos interesados en juzgar y más interesados en vivir y discutir. Un enemigo natural de los pájaros, Friedrich Schlegel escribió lo siguiente hace casi 200 años: “La crítica no significa juzgar las obras a partir de un ideal general, sino buscar el ideal individual en cada obra.” Este es un hombre que ya veía a los pájaros desde un horizonte distante. Construyó una crítica que se basaba en el goce, la participación, la conversación.

Recientemente, Jonathan Jones señaló un punto muy schlegeliano: “Reseñar,” dijo, “es parte de lo que hace al arte.” En otras palabras, buscar el ideal individual de todas las obras. Esto es lo que las personas saben hacer mejor. Bien podríamos dejar los juicios para los pájaros.


Morgan Meis es miembro fundador de Flux Factory, un colectivo de arte con base en Nueva York. Ha escrito para The Believer, Harper’s y The Virginia Quarterly Review. Morgan también es editor de 3 Quarks Daily..

Por si dudamos de la veracidad de estas proclamas, ya que el tono del artículo tiene ciertos elementos satíricos, pueden leer los resultados de la investigación aquí:

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1334394/

2 comments:

Anonymous said...

Dos cosas: los pájaros me recordaron un texto que leí hace bastante, en Cientific American, acerca de un científico que hizo experimentos con canarios, y después de mucho sopesar sus análisis, llegaba a la conclusión que los canarios cuando cantaban o estaban deseosos de volar fuera de las jaulas o querían una pichona. De manera que cuando el pájaro canta se encuentra en una situación tristemente de la chingada; creo que lo mismo sucede cuando picotea, o quiere comer o quiere picarle el ojo a Watanabe.
Por otro lado, en mis lecturas del sistema hegeliano, una vastedad inmensa que a la vez que ilumina ciertos aspectos y oscurece otros, Hegel se pregunta porqué existe la pregunta del por qué. Es decir, esta pregunta se deriva en dos vertientes: el por qué de respuesta científica, la que habla de las circunstancias físico espaciales de las cosas, por ejemplo, ¿porqué es mesa esta mesa? La respuesta puede ser desde que está hecha de madera, hubo un carpintero, se motivó, hubo un comprador, hubo una necesidad de poner encima un plato y no en el suelo, y etceterísimo. El otro tipo de porqué es en el sentido de que yo cómo puedo comprender a la mesa por ser mesa. Cuál es su motivación para ser mesa o porque eligió ser mesa en este momento y no en otro. Como os dais cuenta, yo no puedo entender desde este punto de vista a la mesa, suponiendo que la mesa tuviese punto de vista. Sin embargo, puedo entender al carpintero, puedo entender al cliente del carpintero. Porqué, pues porque para empezar es similar a mí. Sé porque alguien quiere una mesa. Quizás no entienda el estilo de la mesa, digamos una siglo xvii, pero sí entiendo, o puedo llegar a imaginar porqué el carpintero hizo esa mesa en el siglo xvii. Puede que la mesa no me guste, o me guste extraordinariamente, eso es irrelevante, lo importante es entender las motivaciones sentimentales, sicológicas, sociológicas, políticas, filosóficas u religiosas del carpintero. Y después de analizar esto la dicotomía de si me gusta o no me gusta no tiene ningún peso. Lo mismo sucede con el arte, con la pintura, con la música, con la literatura: ¿Dónde estaba esa pintura antes de hacerse; dónde estaba la canción; dónde el poema. Esa es la verdadera respuesta de interés, lo demás es picoteo de pájaros.
Tom

azul said...

Un pichón no puede contestar el teléfono de una oficina, ni analizar muestras en un laboratorio, ni dictar sentencia (ni siquiera a otro pichón). Pero si un elefante, un chimpancé, un perro pueden hacer (o ser) piezas artísticas, un pichón, por supuesto que puede criticar arte. En el arte todos podemos ser usurpados y usurpadores.