20.12.12

Prolegómeno para un fin de mundo imaginado. 


El fin no es inminente. Sin embargo, se mantiene como un deseo inútil, una excusa más para exigirle al tiempo lo que la humanidad no está dispuesta a cambiar. Creo que esa ha sido la premisa de los últimos meses, incluso de todo 2012. Nos desengañamos ante la posibilidad soñada de que algo, lo que sea, suceda. Como recientemente posteó en FB la ensayista y escritora desaforada Vivian Abenshushan: "tanto anhelo por el fin del mundo me hace sospechar que la gente lo invoca como consuelo." Tiene razón.   

Asimismo, lo que me temí hace tiempo: nada sucederá. Ni el cambio ni la furia desatada de los dioses en torno a un planeta y una especie que ha hecho hasta lo imposible por sentirse a gusto aquí. Porque, a decir verdad, nunca hemos estado a gusto, o contentos con lo que haya a nuestro alrededor. Los Twinkies y los Stepway se inventaron por eso. También la televisión. 

El caso es que el día de mañana volveremos a vernos las caras y seguiremos esquivando la mirada del otro. Seres humanos temiendo a los otros seres humanos. Así las cosas, pues. 

Y en este arduo camino, rodeados de espantos, espantapájaros, ilusiones, simulaciones, esperpentos y el más básico ritual de reproducirnos y multiplicar la especie, hemos llegado a un momento imposible: la inminencia de algo que no vendrá. 

Pues bien. Supongamos que mañana mismo se acaba el mundo. Supongamos que las cosas terminan de golpe y porrazo (en el momento que lo escribo, seguramente el otro lado del planeta está gritando despavorido por las calles, cuerpos sin cabeza movidos por la fuerza centrípeta, como gallinas degolladas), que mañana todo es como una enorme e infinita hoja de papel en blanco. O como uno de esos cuartos sin fin que se usan para tomar fotografías de estudio. Un vacío. Una nada. ¿Seguirá la conciencia o se irá con el resto de las dimensiones del universo? ¿Nos desvaneceremos como polvo hasta convertirnos en otra Vía Láctea? No lo sé, y creo que no tiene caso que nos importe saber. Siendo esclavo de un presente que siempre apela a un futuro que de todos modos es incierto, mi gran problema es que dejamos muchas, muchas, muchas cosas sin resolver. Entre ellas, la siguiente lista. 


1. Nunca pudimos inventar una licuadora 100% silenciosa. Lo mismo puede decirse de las aspiradoras. 

2. No logramos descubrir la esencia ontológica de la gripe. 

3. Mantenemos el eterno dilema de confrontar nuestra raza con otras. Incluso, tomando en cuenta los hermosísimos mestizajes que se han gestado en los últimos veinte años, las cosas se reducen a que estás frente a otra persona que no es de tu misma raza, credo o cultura, y la cosa ya no es igual. 

3b. Mantenemos el eterno dilema de confrontar nuestra razón con otras. Incluso, tomando en cuenta los hermosísimos mestizajes de pensamiento que se han gestado en los últimos treinta años, las cosas se reducen a que estás frente a otra persona con la que no estás de acuerdo. Al final, los dos mueren. 

4. Nunca sabremos si somos melancólicos porque escuchamos música triste o si escuchamos música triste porque somos melancólicos. 

5. Las mamás. 

6. Nunca podremos establecer comunicación inteligible con por lo menos seis especies distintas de animales. Averiguar entre todas las partes involucradas qué podemos hacer con los manatíes. Son grotescos. 

7. Nunca sabremos el sentido, propósito, finalidad, función, origen, concepto y búsqueda del amor. 

8. Nunca aprendimos a repartirnos bien la comida. 

9. Nunca tuvimos oportunidad de deshacernos de esa parte de nuestra especie que, seamos honestos, se han dedicado a hacerse imprescindibles para que no caigamos en cuenta que no tienen ningún sentido ni propósito en este mundo: me refiero a los políticos. 

10. Tres medicamentos clave que nunca se desarrollaron: una pastilla para jamás engordar, una cápsula para aliviar la cruda y una inyección que nos elimine el miedo a la muerte. 

11. Nunca encontramos otra manera de intercambiar bienes y servicios. El capitalismo pudo haber sido bueno. 

12. Como también pudo haber sido bueno el sistema democrático. Pero se requeriría otro tipo de humanidad --más lúdica, menos inmediata, más poética, más enfrascada en las minucias de la vida-- para que esto suceda. 

La lista puede continuar. Podemos añadir que nunca aprendimos a no endeudarnos, a practicar el sexo sin ataduras pero como animales responsables, a bailar simplemente porque se tienen ganas de bailar, a dejar los carros, abandonar las oficinas, salir a las calles, caminar a las afueras de nuestras ciudades, subir posibles montes o cerros, llegar a la cima y, simplemente, respirar. 

17.12.12



De cuando todos deseamos morir 
por lo menos un ratito
 
Resulta que quiero dormir cansado, y no despertar jamás. Dormir profundamente, como por cuatro días, y soñar que en algún lado estoy, soñando a otros o soñándote. No sé quién seas, ni siquiera sé si estás viva, o estoy vivo. Sólo sé que es en sueños que te veo. Pero nada más. Cómo quisiera recuperar la memoria de juguetes perdidos. Hay plastilinas que saben a metal. Dormir es la cosa más placentera del mundo. Pero lo es más la muerte. O por lo menos, la muerte queda. La que se reúne en nuestros pechos y decide desvanecernos un poquito. A veces sucede, cuando estamos enamorados. Pensamos en juguetes perdidos, como que la primera manifestación de amor es un objeto con el que aprendiste a imaginar. Creo que todos queremos estar con alguien que nos impulse a imaginar. A olvidarnos que estamos solos, a olvidarnos que estamos muertos, para luego morir un poquito con ellos. Cuando duermes con una pareja, todas las noches mueres un poquito. Un ratito. Es así como dormimos. Es así como soñamos. Tengo mucho que no recuerdo un sueño. Tengo mucho que recuerdo el olor en la mano derecha de mi madre. La olvidada. La nunca recuperable. La que murió para un siempre diminuto. Instante corroído por un tiempo que se inventó a sí mismo. Hay juguetes en la vida que son como las palabras, un objeto más que huele a metal y a galaxia ajena. Hay juguetes que, como los recuerdos o las palabras, ayudan a extraernos de nosotros mismos. Resulta que quiero dormir y pensar en eso otro que nunca ha llegado: la paz, la armonía, una mañana clara en la que pueda despertar y acordarme que este mundo es magnífico y cruel, y que sólo resta ser un espíritu distante que nada controla y que todo domina con su mirada alejada. Pienso mucho en una infancia que ya no está ahí. Es por la época del año. Quiero escribir como se camina en una ciudad desconocida. Que se pinten poco a poco las rarezas del entorno. A ver si de ellos se extrae un recuerdo, o por lo menos un amor recuperado. La sensación de que siempre al otro lado de la calle pasa algo más interesante que aquí. Y que la mano perfumada que una vez oliste es la mano perfumada que has perseguido toda tu vida. Te molesta que el tiempo se asesine, como si nada. Como si fuese un juguete diminuto que te compró tu madre, según dicen los recuerdos de otros. Me gusta la idea de volver a sentir el aroma del gas lacrimógeno, o por lo menos en estas tierras, el inútil descubrimiento de que los seres humanos somos unos virus con zapatos. Pero debo retraerme. Evitar el sinsentido. Volcarme por los vacíos de la concreción y el seguimiento lógico de las ideas. Dejar que el mar sea río, que el río sea lago, que las aguas del pensamiento fluyan con tranquilidad. Nadie quiere mareas inciertas. Yo lo único que quiero es dormir. En medio de una tormenta. De un tormento. Poder sentir el latido que descansa en el pecho de una mujer. Escuchar sus temores, escuchar el temblor de esa humanidad que adoras, la que te hace llorar o te hace soñar. Siempre hay de dos sopas. Dos formas de que suceda el milagro. Un milagro, el que sea pero que sea milagro. La vida como muchedumbre que se pierde a lo lejos, en una turba indómita, ansiada de deseo, soñando su sueño enloquecido, un baile diminuto que deja una estela de memoria rabiosa. Todos los ojos son los mismos ojos, todas las sonrisas, imaginadas, reales, son la misma sonrisa. Todo aliento que reposa de boca en boca es un único aliento. Tengo que dormir. Descansar hasta más no poder. Y dormir mientras duermo. Aunque dicen que desde hace tiempo todos estamos dormidos. 

6.12.12



Danza in extremis.

Sin Luna Danza Punk, 
o el cuerpo dancístico de un norte indómito.






This is not some ballet bullshit.

La última imagen que se me quedó grabada de una presentación de danza contemporánea fue una frase, proyectada al fondo del escenario y que repetía una y otra y otra vez:

Y el día que sigue es igual...
Y el día que sigue es igual...
Y el día que sigue es igual...
Y el día que sigue es igual...


Como una mezcla de celebración y denuncia del espíritu silvestre que nos define, la Compañía Sin Luna Danza Punk, originaria de las entrañas de ese Mexicali bravo y soberbio, desinteresado y desenfadado y a veces severamente metanfetaminado, la frase advierte el goce del infierno, la circunspección en la que nos hallamos todos los días, todos los fines de semana, y la inevitable perdición del espíritu como algo celebrable y a la vez, como presagio de un vacío existencial que culmina al mediodía del día siguiente en un restaurante de mariscos (o entre las sábanas de un motel de paso).
¿Suena muy despatarrado lo que estoy diciendo, sobre todo si se trata de una reflexión sobre danza contemporánea, y sobre uno de los grupos más vitales de nuestra escena artística local? Bueno, lo que pasa es que hay una razón detrás de esto.
Quizá aquellos que han tenido oportunidad de ver las presentaciones de esta compañía, en los alrededores de la ciudad (desde el Teatro Universitario hasta el Pasaje del Arte en el Centro Cívico, en las calles, en algunos bares, en algunos festejos comunitarios especiales), podrá dar cuenta del ánimo catártico y la crítica mordaz disfrazada de fiesta, de cómo la danza se redefine y se convierte en circo, maroma y espanto, los cuerpos confrontacionales, performáticos, de algo que quiere dejar de ser danza, para convertirse en vida, en teatro, y en muerte. No obstante, la danza ocupa la parte central de la experiencia, formada por una coreografía que desconcierta, que en ocasiones duele, que orina y escupe y grita, y que bajo la directriz de Rosa Andrea Gómez Zúñiga y un grupo rotativo de artistas locales y ejecutantes de danza contemporánea y folclórica, se ofrece uno de los testimonios más ricos de lo que puede hacerse con el lenguaje del cuerpo cuando éste no tiene ataduras, pero sí vive envuelto en una dinámica cultural asfixiante, tenebrosa, siniestra y al mismo tiempo llena de carcajadas.
Entre las cosas que caracterizan a esta compañía de danza es que no se comporta como una compañía convencional: es una mezcla de troupe y colectivo, ejecutantes de fiestas pánicas y disciplinados bailarines que le exigen fuerza y agresividad al cuerpo, accionistas y performanceros que, más allá del escenario focal, convierten a la danza en espectáculo, en evento, en experiencia. Los ejecutantes (que varían dependiendo de la coreografía) se convierten en personajes envueltos en un drama que a veces corta directo nuestra yugular (máscaras hechizas, disfraces fetichistas, dramatizaciones de sucesos que van de lo banal a lo grotesco a lo sexual), a veces se convierten en un estudio de usos y costumbres fronterizas (específicamente mexicalenses), pero siempre tienden a nublar las expectativas de lo que la danza debe ser. Sin Luna Danza Punk nos incita a que vivamos lo que la danza puede ser.
Les presento un breve un recuento de la dinámica: 
En las tres presentaciones en las que he estado, me doy cuenta que siempre llegan en grupo, una tribu armada para el relajo, merry pranksters de la mejor tradición. Circulan en los alrededores del espacio, en ocasiones ya vestidos con la indumentaria alusiva al performance, en ocasiones en un franco y celebratorio desfile, donde se presentan ante el público como súper estrellas y celebridades, que de todos modos chacotean con el resto de la gente, como si nada fuera en serio. No obstante… las cosas rápidamente se pueden poner serias en una presentación de SLDP.
Pero vuelvo al asunto del trabajo colaborativo.
SLDP trabaja desde las entrañas de la clase creativa más propositiva, y al mismo tiempo la más crítica –inteligentemente crítica—que encontramos en el estado. Una confabulación colectiva, cuya directriz viene de Rosa Andrea, así como del Dr. Luis Ongay, artistas como Ismael Castro, músicos como Rubén Tamayo (con quien tengo entendido que trabajaron recientemente en una pieza para la celebración de aniversario del Instituto de Investigaciones Culturales-Museo UABC), escenógrafos, fotógrafos, videastas, y un largo etcétera que colabora de alguna y otra manera al caos aparente que reina en sus presentaciones. En la órbita de este grupo de danza –y esto es lo que más me gustaría que se diera cuenta la gente—circulan algunos de los creadores más significativos de nuestra ciudad. It’s a family affair, de manera que incluso Ana, hija de Rosa Andrea y Luis Ongay, ha formado parte de estas experiencias.


Una de las cosas que más me llama la atención de la danza es su mezcla de rigor y deriva pasional-emocional, y si podemos hacer funcionar el planteamiento de Alain Badiou, quien visualiza a la danza como metáfora del pensamiento, cabe preguntarnos: ¿qué pensamiento febril, intenso, catártico e indomable se gesta en las presentaciones de esta tropa de provocadores? Es, desde mi perspectiva, el pensamiento del hartazgo, de ese cuerpo domado de la cotidianidad pueblerina de Mexicali, que de pronto salta a la luz con furia, con coraje, echándote en cara que no hay de otra, mhijo, la vida es cruda y es tal cual, y nosotros somos las bestias más hermosas de la cantina.
Vuelta a la mención sobre el rigor: una de las cosas que destacan a SLDP es la versatilidad, de temas, de enfoques, sí, pero también de lenguajes corporales, dancísticos. Invierte la coreógrafa un conocimiento amplio y madurado de las formas que ha asumido y asume la danza contemporánea; los bailarines, se distinguen por ser los ejecutantes de piezas coreográficas exigentes para el cuerpo, y, digámoslo así, exigentes para el corazón, para el ánimo, para el pensamiento, para las agallas. El escenario se transforma en ring, luego en tablero, luego en momento dramático focalizado, los bailarines actúan, dicen líneas de parlamento, se agrupan y reagrupan y se revuelven con furia en una danza que en ocasiones parece trifulca, en otras se convierte en un festín del goce que confronta nuestros miedos. A veces los bailarines son estatuas emblemáticas en el espacio, mudas, inmóviles, que le dan la espalda al público y que simbolizan éste o aquel signo crítico-social; a veces se aproximan al público, a veces traen leyendas escritas en los pechos, en la espalda, los brazos, en la cara, a veces la presentación tiene saltos videográficos y entremeses folclóricos; siempre, en todo momento (y esto es lo más potente), absorben la atención de los públicos, quienes no pueden estarse así nomás como vil público: son un ente activo que puede terminar a la deriva, o asqueado, o abochornado, el performance frente a él o ella un espejo de su propia psique. Nadie, nadie, nadie de los presentes tienen oportunidad de mostrar indiferencia.
El grupo, en general (y por ello me refiero a esa familia extendida que se involucra en las presentaciones de la compañía) reconoce el potencial y la riqueza que genera el trabajo colaborativo: este es uno de los pocos proyectos verdaderamente multidisciplinarios en la ciudad. Un amalgamado de especialidades, siempre circulando alrededor de la experiencia dancística, siempre reconociendo como base al cuerpo expresivo, a ese aire de grandeza que asume cuando domina un escenario, cuando hace suyo al tiempo y al espacio, y que, finalmente, nos ayuda a reconocer que los grandes temas del arte siempre han sido tres: el amor, la locura o la muerte.
Esta historia todavía tiene mucho más qué contar. 

26.10.12


de Austerlitz
W. G. Sebald


El tiempo, dijo Austerlitz en el cuarto de observación en Greenwich, era por mucho la más artificial de las invenciones, y al estar ligado a los planetas girando alrededor de su propio eje no era menos arbitrario que lo sería, digamos, un cálculo basado en el crecimiento de los árboles o la duración de tiempo que le toma a un trozo de piedra caliza para desintegrarse, muy distinto del hecho que el día solar, que tomamos como nuestra directriz, no nos ofrece una medida precisa, de modo que para calcular el tiempo tenemos que diseñar a un sol imaginario y promedio, con una velocidad invariable de movimiento y que no se incline hacia el ecuador en su órbita. Si Newton pensó, dijo Austerlitz, apuntando a través de la ventana y abajo, hacia la curva del agua alrededor de la Isla de los Perros conforme se deslizaba por la última parte de luz, si Newton realmente pensó que el tiempo era un río como el Támesis, entonces, ¿dónde está su origen y hacia qué mar fluye al final? Como sabemos, todos los ríos deben tener riberas en ambos lados, y visto en esos términos, ¿dónde están las riberas del tiempo? ¿Cuáles serían las cualidades de este río, cualidades quizá correspondientes a las del agua, la cual es fluida, un poco pesada y traslúcida? ¿De qué maneras los objetos inmersos en el tiempo difieren de aquellos que se dejan sin tocar por éste? ¿Por qué mostramos las horas de luz y oscuridad en el mismo círculo? ¿Por qué el tiempo se detiene eternamente y sin moverse de su lugar, y nos apresuramos de frente en otro? ¿No podríamos proclamar, dijo Austerlitz, que el tiempo mismo no ha sido concurrente a través de los siglos y los milenios? No fue hace mucho tiempo, después de todo, que comenzó a expandirse hacia todo. ¿Y no es la vida humana en muchas partes de la tierra gobernada hasta el día de hoy menos por el tiempo que por el clima, y por lo tanto, por una dimensión incuantificable que desconsidera la regularidad lineal, no progresa constantemente hacia delante sino que se mueve en remolinos, es marcada por episodios de congestión e irrupción, recurre en una forma en constante cambio, y evoluciona nadie sabe hacia qué dirección? Incluso en una metrópolis dominada por el tiempo, como Londres, dijo Austerlitz, sigue siendo posible estar fuera del tiempo, un estado de las cosas que hasta recientemente era casi tan común en áreas retrasadas u olvidadas de nuestro propio país, como solía ser en los continentes desconocidos en el extranjero. Los muertos están fuera de tiempo, los moribundos y todos los enfermos en casa o en los hospitales, y no son los únicos, cierto grado de mala fortuna personal es suficiente como para extraerse del pasado y del futuro. De hecho, dijo Austerlitz, nunca he tenido un reloj, de ninguna clase, o una alarma en cama o un reloj de bolsillo, ya no digamos uno de pulsera. Un reloj siempre me ha parecido algo ridículo, un objeto completamente mendaz, quizás porque siempre me he resistido al poder del tiempo, a partir de una compulsión interna que ni yo mismo he logrado entender, extrayéndome de los llamados eventos de actualidad con la esperanza, como ahora lo pienso, dijo Austerlitz, de que el tiempo no pasará, no ha pasado, y que puedo regresar por éste, y cuando llegue podré encontrar todo justo como estaba, o más precisamente, podré descubrir que todos los momentos del tiempo han coexistido simultáneamente, en cuyo caso nada de lo que nos dice la historia sería verdad, los eventos del pasado aun no han ocurrido pero están esperando suceder en el momento que los pensemos, aunque eso, claro, nos abre el prospecto lúgubre de una miseria eterna y de una angustia interminable.

12.10.12


Elogio a los libros:
Cuando las autoridades cierran una prisión, ¡han frustrado una revolución!

Bilal Khbeiz

Las personas hoy en día lamentan el desdén con que los jóvenes de hoy asumen la lectura, y, por añadidura, la escritura. Una poca cantidad de la juventud actual se dan el gusto secreto de escribir poesía que nunca será publicada, probablemente porque buscan distractores en otras partes. Parece que en occidente, y especialmente en Estados Unidos, todos los autores de best sellers son celebridades retiradas. La lista de retirados que escribe es larga, comenzando con políticos y siguiendo con hombres de negocios, economistas y las esposas de jugadores de beisbol o de golfistas famosos. Cada uno tiene un relato fascinante que contar, y que vale la pena publicar solo si hay una historia de éxito en el trasfondo. Es por eso que Alan Greenspan, anterior Presidente de la Reserva Federal, publicó un libro al final de su larga y exitosa carrera.1 De haber ocurrido el crash financiero de Lehmann Brothers antes del lanzamiento de su libro, probablemente hubiera detenido la imprenta, ya que presidió las políticas económicas que llevaron a la avalancha financiera del 17 de septiembre de 2008. 

Las celebridades retiradas no son los únicos escritores hoy en día. Hay innumerables escritores en incontables géneros de libros. No obstante, el estudio de esta gente retirada nos revela algunas de las maneras como son consumidos los libros hoy en día. Un retirado exitoso escribe para iluminar a la gente más joven sobre los secretos del éxito, no para compartir sus pensamientos con sus colegas, igualmente famosos, o con individuos que tienen más conocimientos. Los escritores, hoy en día, ya no son los “miserables pobres inadaptados” que escriben para lectores más valederos, de la manera como los filósofos importantes escribían para príncipes y reyes. No se dirigen a aquellos cuya juventud se encuentra detrás de ellos y que ahora se encuentran lidiando con sus vidas, tratando de tomar al toro del éxito por los cuernos. La escritura es, por lo tanto, para jóvenes que todavía no se han unido a la fuerza laboral y siguen estudiando. Se espera que lidien con los libros al comprarlos y leerlos.

¿Acaso este tipo de escritura debería recibir el tipo de elogios que normalmente se reservan para la literatura? Es posible que el mundo de los lectores respondiera afirmativamente. Personas distintas desean cosas distintas de la lectura. Nadie se atrevería a clasificar a Stephen King como uno de los gigantes de la literatura, ya que su escritura atrae a lectores más ingenuos. Encontrarás a muchas personas que se resistirían a su nominación al Premio Nobel. Otros, sin embargo, intentarían promoverlo, de ser un novelista de tercera a uno de primera. Otros escritores ni siquiera tienen la suficiente suerte como para tener este tipo de debates a favor o en contra de ellos. Uno de estos escritores es John Grisham, quien ha declarado que es el autor con más libros vendidos en un país donde nadie lee. Y esta es una declaración profundamente reveladora. Si las novelas de John Grisham disfrutan ventas que rompen récords, entonces alguien, allá afuera, está leyéndolos. No obstante, poner la escritura de Grisham con la de autores de menor calibre hace que las escrituras de éstos se sientan como un banquete avaro: un gramo de azúcar y una tonelada de madera seca. En realidad, las personas que leen a King y a Grisham no son verdaderos lectores (aunque en el caso de Grisham, algunos “profesionales” pudieran interesarse en su obra). Si sostenemos que los lectores de Grisham no son lectores, entonces lo mismo va para aquellos que siguen las palabras de Greenspan, ya que ambos grupos de lectores están atrapados en un nivel de lectura de manuales instruccionales. Un lector de Greenspan puede o no ser fiel después de graduarse. Están obligados a leerlo.

Y así, hay libros que parecen señalamientos de calles o manuales de vuelo. Tienen un enorme atractivo entre lectores generales y “profesionales,” pero no trastocan a los lectores. El libro de Greenspan se lee como si leyeras las regulaciones del tráfico –severas y preclaras para que todos acaten la regla. Cualquier falla en el aprendizaje es una falla en la ganancia. Lo mismo aplica para las novelas populares, que se parecen al noticiario de la mañana: ambas proporcionan al lector los detalles suficientes como para que el público se familiarice pasajeramente con los eventos. Es muy extraño que las adaptaciones a película de las novelas de John Grisham sean más que las de toda la obra publicada de Paul Auster.

El lector, entonces, es el hacedor del escritor, especialmente cuando el lector es un escritor también. Cuando uno se vuelve escritor, uno adquiere cierto poder que puede ser muy influyente, dependiendo del contexto. Partes de la poesía de Mahmoud Darwish generan miedo a los corazones del ejército israelí, más que cualquier declaración de Ismael Haniyeh.2 Pero creo que ese no sería el mejor ejemplo. Imaginemos el espectro del Manifiesto Comunista tomando a Europa entera. Proclamemos que Farenheit 451 fue la oda de Francois Truffaut a la escritura y los libros. El nombre de la rosa fue un libro y una película sobre un libro. El protagonista de The Illuminati de Larry Burkett es un libro, sobre el cual sabemos muy poco –un libro que supuestamente fue escrito por Aristóteles y que asusta a las autoridades occidentales y árabes, los cuales están trabajando arduamente para destrozarlo y eliminar a sus seguidores. Pero aun no sabemos qué está realmente en el libro y nos encontramos frente a frente con sus lectores, quienes interpretan de manera selectiva, de acuerdo a sus preferencias. La clave más distintiva de The Illuminati es la referencia a un grupo de personas que atraviesan las eras, quienes han hecho un juramento para la protección del libro. Estas personas no son más que esclavos de ese libro. Y cuando llegue su momento, el libro se revelará y guiará a los líderes y gobernantes por igual.

Pero hablar sobre escritura y sobre escritores no queda completo sin cubrir los rituales de escritura y lectura. Libros influyentes se conciben en aislamiento. Ahí tenemos a Gramsci, quien escribió en su celda, y Lenin, quien compuso en el exilio, y Karl Kautsky, quien escribió en su cuarto. La mayoría de los revolucionarios aprendieron a escribir en las prisiones, ya sea como una autoimposición o por otros motivos. Regis Debray es citado diciendo,


Los libros de las revoluciones son escritos en prisiones, desde Lenin y Trostsky hasta Sayed Outb y Abdsulsalam Faraj. En las prisiones, en el exilio, y en cuartos sombríos y cerrados, nacieron los libros y los principios que guían las revoluciones.  Y si uno de estos deseos para marcar al siglo XX con una identidad, sería que se trata del siglo de los lectores y de sus libros y escritores. Cuando el poder cierra una prisión se frustra una revolución.3 

Naturalmente, la lectura tiene una historia pintoresca. La lectura y la escritura no comenzaron como oberturas revolucionarias o como maneras de dar nacimiento a líderes y revolucionarios. Lo más probable, es que el deseo por leer surgió del excedente de tiempo ocioso que adquirieron las aristocracias de oriente y occidente. Los poetas árabes solían presentar su obra ante los sultanes, quienes servían como sus críticos y lectores al mismo tiempo. Los grandes filósofos de occidente escribieron sus obras con un lector específico en mente, normalmente un miembro de la familia real o incluso el mismo rey. De ahí que el verdadero poder del lector es el de ejercer un poder moral y material en torno al arte. Es posible que el principal logro de Karl Marx sea que dirigió su obra a nuevos lectores, que no fueran ni sultanes, ni reyes ni escoltas reales. Es quizá por eso que le edición francesa de Das Kapital vendió poco más de veinticinco copias durante los primeros veinticinco años después de su publicación. El editor incluso llegó a enviar por correo copias de cortesía a lectores que pensaba que podían interesarse en el libro, solicitando un monto sólo para el envío. Todos declinaron. La obra de Marx no valía el costo de envío porque el lector que se intentaba obtener no era el tradicional noble poderoso que había reducido a los escritores a la condición de simples consultores. El lector de Das Kapital es el hacedor de las revoluciones del siglo XX.4       

Esta clase de lector sigue existiendo en algunas partes del mundo. La suplantación de la aristocracia lectora por el lector común ha liberado a los escritores de la tiranía del primero, pero también los ha sujetado a una tiranía diferente mucho más cruel. Los escritores ahora tienen que complacer a masas inconscientes en vez de a gobernantes arrogantes. La forma más elevada de este tipo de complacencia es, claro, el realismo mágico, ya que sometió al mundo de la literatura durante décadas e hizo que todos se volvieran lectores, aunque lo quieran o no. las novelas de Gabriel García Márquez rindieron un enorme tributo a los pobres y a los marginados y los convirtió tanto en los sujetos de sus novelas como en la fuente de su fortaleza.


En su autobiografía, Vivir para contarla, Márquez relata cómo vivió su vida en un país inmerso en la agitación. Menciona muchos incidentes y eventos en su libro, pero los que me gustaría señalar son aquellos que se relacionan con su estilo de vida. Este escritor, que cautivó a su país entero, vivió una vida bohemia no por elección, sino porque muchas veces se hallaba sin un quinto. Vivió como ermitaño sin las amenidades básicas que garantizan los derechos humanos más básicos, pero no estuvo solo en esto. En The Red Notebook: True Stories, Paul Auster nos relata cómo vivió durante meses en la campiña francesa, en casa de un amigo que se encontraba de viaje, y lo único que podía comer es sopa de cebolla, porque era lo que estaba en la cocina y no tenía para nada más.5 ¡Comió cebollas hasta que se volvió escritor! Hay demasiadas historias similares qué añadir a la lista, pero lo que extraña en todas ellas es que los escritores no encontraron en estas situaciones ninguna razón para quejarse o rebelarse. Tales condiciones –hambre, desempleo, indigencia—serían bases suficientes como para una acción decisiva por parte de los personajes en sus historias. (No sería justo incluir a Auster en esta generalización, ya que él es el único Americano Solitario entre los autores que he mencionado. Es decir, es el único escritor que permite a los personajes emerger de una soledad y aislamiento típicamente americano.)

Un escritor podría estar orgulloso y contento con una vida de necesidades, aislamiento o pobreza. Pero un escritor no desearía esta condición para los lectores. Ya que a pesar de la convicción del escritor de que las ideas que mueven al mundo nacen en soledad, los lectores y sus vidas deben ser de alguna manera distintas. El lector es la autoridad de facto para permanecer innombrable e ignorante. A diferencia del escritor, quien construye una reputación a partir de la frágil adoración de sus fans, ¡un lector echaría en saco roto a un imperio completo en un abrir y cerrar de ojos!

Hoy en día, hay lectores que se revelan una lectura plana y superficial de algunos escritores, haciendo una contestación pública. El lector siempre tiene una espada dirigida al cuello del escritor: “¡Este es un artículo superficial!,” “¡Este estudio no vale ni siquiera el papel que se usó para imprimirlo!,” y cuando se trata del análisis político de situaciones como las que ocurren en Líbano y Siria e incluso Israel o Egipto, “Este escritor es un hired gun,” “Sirve a los intereses del enemigo,” o “Este estudio busca desmoralizarnos, desalentarnos de pelear, y denigran nuestras victorias.” Un escritor, impotente, no tiene defensa en contra de esto, ya que busca la aprobación de los lectores. Consecuentemente, un escritor se enfrenta a una situación similar a la de Frankenstein y su creador: crea el poder del lector moderno y, no obstante, es el primero en ser esclavizado bajo el injusto cetro del lector.

Esta no es una ocurrencia común, ya que leer y escribir siguen considerándose una herramienta para los poderosos en algunos países. Siguen siendo los creadores de revoluciones y la base intelectual de las luchas que nacen en las prisiones y los exilios. Pero el mundo ha cambiado. Hay nuevos ermitaños en el barrio, nuevos grupos marginados y aislados, pero definitivamente no serán los lectores o los escritores quienes llevarán a cabo las futuras revoluciones. Estas revoluciones indudablemente serán más violentas que lo que jamás haya visto la humanidad. Pero esa es otra historia.

1. Publicada el 17 de septiembre de 2007, las memorias de Greenspan The Age of Turbulence in a New World debutó en la cima de la lista de best sellers del New York Times, para su edición en pasta gruesa.

2. Mahmoud Darwhish (13 de marzo de 1941-9 de agosto de 2008) fue un poeta palestino y autor, que obtuvo numerosos premios y fue considerado el poeta nacional palestino. En su obra, Palestina se convertía en una metáfora para la pérdida del Edén, el nacimiento y la resurrección, y la angustia de la desposesión y el exilio. Ismael Hanvie es el Primer Ministro del gobierno de Hamas en el distrito de Gaza.

3. Jules Saved Qutub (6 de octubre 1906-2 de agosto 1966), fue un periodista, político y teórico egipcio de la Hermandad Musulmana.

4. Jules Régis Debray. Introduction a la Mediologie. (Colección Premier Cycle, PUF, 1999).

5. Paul Auster. The Red Notebook: True Stories (New York: Faber and Faber, 1995).

Bilal Khbeiz (1963, Kfarchouba) es un poeta, ensayista y periodista. Regularmente colabora en el periódico Beirut Al Masa’, Al Nahar y Future Television Beirut, entre otras publicaciones y redes. Entre los libros de poesía y de teoría cultural que ha publicado se encuentran Fi Annal jassad Khatia' Wa Khalas (That the Body is Sin and Deliverance), Globalisation and the Manufacture of Transient Events, The Enduring Image and the Vanishing World, y Tragedy in the Moment of Vision.

13.9.12

Este fue una crónica disparatada que escribí, para olvidar, justo en el traslado del año 2009 a 2010. Me pregunto si su relevancia fue más inmediata o si sigue siendo presente.



Últimos días en Juárez
En el territorio donde se pierde la ficción.

           
Llegamos a la medianoche, después de diez horas de traslado desde Caléxico, California. Atravesamos la aduana, enmudecida por la noche, tenuemente iluminada y trastocada por un sereno que bien pudo ser humo. Ciudad Juárez a las 12:30 a.m. está en silencio. Es más grande de lo que imaginaba, limpia, brillante, de avenidas amplias y plazas grandes, con monumentos y rotondas y muros con anuncios esperanzadores del gobernador en turno. Se reiteran algunos estantes y letreros de comercios que encuentras en cualquier otra ciudad fronteriza. Pero no había ni un alma en las calles. Fue como si hubiésemos entrado a un pueblo fantasma. No. Fue como si hubiésemos entrado a una ciudad escondida detrás de las ventanas. Temerosa. Como en aquellas películas de vaqueros cuando los pistoleros maleantes llegaban a hacer su desmadre (insértese imagen de anciano en cachorones y sombrero lelo apuntando su escopeta desde la ventana.) Podía imaginar los ojos asomándose entre las cortinas, a la espera de todo: un hijo, una balacera, la nieve, una corretiza de automóviles, un asalto, un enfrentamiento, lo que sucede todos los días.

Llegamos al primer semáforo. El hueco ronroneo de los autos. Un indigente se acercó a la ventana. Caminaba como tullido, la mano derecha agarrotada. Hizo señales y ademanes de pedigüeño, hice señales y ademanes de no traer monedas. Zigzagueó entre los otros tres o cuatro carros detenidos en el semáforo, y me dio la sensación de que fingía su condición física. Se sentía actuada, pero nunca se sabe. En ningún caso se sabe con certeza y en todos los casos se sospecha. Es como todo, es como esta ciudad desolada, con sus locales cerrados y su gente compungida. La imaginación traiciona en más medidas de las que uno puede prever y, por lo tanto, la acción que tenemos de esta ciudad en nuestras cabezas los que no vivimos ahí es demasiado espectacular como para creer su realidad una vez que estamos insertos en ella. Así que no me creí el cuento del tullido, al que no quise leer más allá de lo que cualquier indigente te ofrece, acepté su realidad como tal y proseguí mi camino. No obstante, conforme pensaba en ese pequeño incidente, mientras veía mis alrededores, el silencio, las calles vacías, la ausencia de bullicio, la idea de que todos estaban escondidos en sus casas, refugiados, muertos de miedo, muertos del alma en Ciudad Juárez, Chihuahua a principios del siglo XXI, mientras hacía todos esos andamios intelectuales me di cuenta de algo bien básico: normalmente no hay gente en cualquier calle de cualquier ciudad, un domingo a la medianoche. Pero igual y sí. De modo que, por piedad, por salud mental, decidí tampoco creerme el cuento que Ciudad Juárez vive una suerte de estado de sitio, con dos frentes luchando una compleja batalla llena de vericuetos internos y relatos escalofriantes. Porque, según yo, no puedo creer algo que me llega como rumor, como mito, si al mismo tiempo observo el campo de acción donde estas cosas suceden…y no sucede nada.

Es absurdo todo esto, lo sé.

Por otro lado: mientras nos dirigíamos a la casa donde nos hospedamos, mientras observaba las luces tenues de la ciudad, sus semáforos que pasan de verde a rojo sin que pase un solo carro, tiendas con luces apagadas, la voz del anunciante de la estación de radio nos dice “Hay Pancho para todos,” [1] mientras descubría poco a poco lo que Cecy ya había descubierto hacía mucho tiempo, en su infancia, cuando vivía en esta ciudad, mientras yo ingresaba a esa realidad que los escaparates, encabezados y espectaculares del mundo señalan como una de las ciudades más violentas del mundo, mientras sucede todo eso al mismo tiempo, descubro también que entro a un terreno donde la ficción no existe, o mejor dicho, donde la línea que divide a la ficción de la realidad se nubla por completo. Aquí, en Juárez, nada es ficción. Aquí, en Juárez, todo es realidad. Y ambas, ficción y realidad, se sienten a flor de piel. Es una terrible paradoja.

Y también: no es simple retórica (que una ciudad como esta ya no merece más retórica –periodística, editorialista, literaria—que la que se le ha derramado en los últimos cinco años), ya que hay más peso de lo que se imaginan en las últimas dos afirmaciones.

Nosotros venimos a Juárez de paso, ya que vamos a un poblado al sur de Chihuahua a pasar el año nuevo. Nos dirigimos a una de esas colonias clásicas de ciudad mediana –la colonia Nogales— para pasar la noche. Hacía frío, no tanto como esperábamos, e igualmente las casas de la colonia nos recibieron con esa mezcla de frialdad clasemediera y acogimiento familiar que tanto se aspira en momentos de paz y descanso. Conforme buscábamos el domicilio pude percatarme de los cercos, las mallas con púas en los muros, las casetas de interfon con pantalla, cámaras de vigilancia en los perímetros de las casas, cocheras oscuras, un poco de viento helado, moreras y setos, muchos pinos delgados y grandísimos, trozos de varillas de cohetes en las orillas de las calles. Entramos a la casa que nos resguardó inmediatamente del frío. Fuimos recibidos con calidez y felicidad por nuestros parientes, que no serán nombrados por respeto, pero también porque son como cualquier pariente de Juárez, asustados, temerosos, imbuidos en la historia negra de sus días y noches de violencia. Recién sentados en la sala, comenzaron a contarnos el relato de sus días cotidianos. Conocemos las historias, las escuchamos a diario: esposos secuestrados, asaltados, asesinados, hijos perdidos, encontronazos en tiendas, antros, bares, restaurantes, descabezados, destripados, calcinados, rociados en balas, tirados en fosas, orillas de carreteras y en la cochera del vecino, cabezas en bolsas de plástico arrojadas a la entrada de edificios institucionales (así como en las puertas de iglesias), que era el hermano del amigo de mi cuñada, que era mi hijo o el amigo de mi hijo al que buscaban, que era un vecino que llegó de repente a la colonia y quién sabe cómo ni cuándo pero ahí estaba su cuerpo colgado en el patio trasero con jardines cubiertos de buganvillas, que el otro día en el banco, que anoche afuera de mi casa, que desde el mes de marzo, cifras diarias indicadas como si cada juarense tuviera un asesinómetro en mano, persecuciones, relatos de asaltos, personales y ajenos, testimonios que discurren con una suerte de miedo y franqueza, a veces de hartazgo, mientras estás sentado en la sala y apenas comprendes el aroma peculiar de la ciudad (todas las ciudades tienen sus aromas; Juárez huele a hierba quemada, huele a nieve, a frío, a luces navideñas, a vaho, a manos de velador que toma su Nescafé mientras escucha las noticias del infierno en su pequeña grabadorcita). Esto es, conforme me hacía una imagen de esta ciudad que apenas iba conociendo, tenía que enfrentarme a la visión de sus pobladores, como una ciudad donde simplemente ya no se puede vivir.


¿Qué se hace en una ciudad donde en su diario devenir predomina el miedo, por encima de todas las cosas? Reconozco qué puede suceder en ciudades donde ha predominado el caos, el hambre, el infortunio climático, la intolerancia racial. Sin embargo, cuando es el miedo el que rige todas tus acciones, la vida se vuelve una perpetua táctica en pos de la seguridad: cercos más altos, electrificados, cámaras de vigilancia, cierre de cuadras en el vecindario con puertas eléctricas, cuatro o cinco dispositivos distintos de seguridad en tu carro, en tu recámara, ventanas enrejadas, armas debajo de la cama, detrás de la puerta, mirillas, monitores y sistemas de comunicación interna de recámara a recámara, el walkie talkie puesto en la mesita de cama enseguida del angelito de porcelana, el Selecciones del Reader’s Digest circa 1984 y la canastita con popurrí de aroma navideño, el vecino nuevo al que diriges una mirada esquiva, el otro un perpetuo sospechoso, cuando tienes a flor de piel la sensación de que en cualquier momento te puede tocar, pero igualmente no te toca nunca, pero no se sabe así que ni modo, hay que mantenernos encerrados con candados en nuestras casas, hay que llamar constantemente para averiguar dónde estamos, hay que buscar todas las medidas, todas las tácticas posibles, para sentir un poco de paz. Porque eso otro que sucede allá, cruzando la calle o escuchado desde la recámara, eso otro que le sucedió a mi hermana, vecino o conocido incidental, eso me puede pasar a mí.  

Y podría sucederle a cualquiera. Allá afuera, en esa Ciudad Juárez que sólo visité de pasada; una ciudad de inviernos grises con árboles que mudan todas sus hojas y crean un espectro siniestro, rodeados por sitios emblemáticos, comercios, plazas y changarros que dan cuenta de una comunidad noble y pujante, de sonrisa amplia, sincera, puramente norteña y feliz y orgullosa, una ciudad cuyo desarrollo económico, social, urbano y cultural es eminentemente fronterizo, bilingüe y, por lo tanto, bipolar, con esa tendencia que han tenido las ciudades de frontera, de haber crecido sustantivamente con la llegada de las maquilas, que también trajeron una dinámica sociocultural compleja y tensa, donde pervive una extraña combinación de ética protestante y fervor católico, en esa Ciudad Juárez en la que, para el segundo día, sí pude detectar unos cuantos camiones con soldados; que los autos grandes, especialmente camionetas blancas con vidrios polarizados, no dejan de ser advertidos con sospecha; que no sé si mi imaginación me traiciona, pero su circunstancia está casi morbosamente en las cabezas de todos, que la gente está harta, y no hay nadie ni nada en particular a quién culpar, que es una violencia que ha ido en escala hasta llegar a situaciones extremas de cotidianeidad. Pero también me he dado cuenta que la vida sigue, transcurre, que cuando hay que trabajar hay que trabajar, y que también debe hacerse a un lado toda lectura ajena a dicha realidad que no intente comprenderla como tal, de manera que no seas traicionado por tus propias referencias mediáticas. De manera que, cuando ves a una mujer pasar, no piensas en su posible victimización, de manera que, si ves a un hombre con botas y lentes oscuros, no pienses en su posible culpabilidad. Porque ninguno de ellos es víctima, ninguno de ellos es culpable, y como todos, como cualquiera de nosotros, están aquí para sobrevivir, en esta realidad compleja, caótica, violenta, mediada, mediatizada, interconectada, sitiada por el resto del mundo. 








[1] Me refiero a la estación de radio que veníamos escuchando, mejor conocida como “PANCHO,” y que presenta un ramillete de canciones románticas mexicanas de los setenta y ochenta. El contraste entre esta música y los alrededores de Juárez por la noche es tierno y devastador al mismo tiempo.

10.9.12





Relatoría de un proyecto en ruinas
Alejandro Espinoza
(Transcripción incompleta de la pasada conferencia-performance, realizada el viernes 7 de septiembre en las instalaciones de Mexicali Rose, espacio independiente de artes y medios) 

Esta es la historia de un mundo fulminado y de un proyecto en ruinas. Es la historia de un escritor arruinado, de una realidad desmoronada, de un sistema que da muestra de sus harapos. Es la historia de un eco que dejó de escucharse hace mucho tiempo. Es la historia de cómo las cosas dejan de ser, simplemente porque sí: el amor, la vida, las flores, el viento, el agua clara que cruza por un lago casi convertido en hielo, el aleteo de un colibrí y el aliento ajeno, todo deja de ser. Todo se arruina, sobre todo en verano. Es la historia de la posibilidad de una obra de arte, y de las posibilidades del arte para comenzar una revolución o para no comenzar nada. Es una historia que, para mí comenzó en la mítica década de los ochenta y no se ha detenido, aunque en el camino ha sufrido una serie sucesiva de abolladuras espirituales. Fue una tarde tibia en la ciudad de Calexico, para ser específicos, a unos metros del paso aduanal a Mexicali. Mi padre me preguntó: “Pero ¿qué quieres ser de grande?” Yo, en mi ridícula necesidad de ser obtuso y enigmático, conmigo mismo y con él, le dije “no lo sé, no lo puedo explicar con palabras, sólo tengo una idea en mente: quiero crear.” Esta es la historia de esa afirmación, y la fuga perpetua a la que me someto para evitar crear, de manera que me encuentro siempre ante una creación descreada, ante una creencia descreída, el perpetuo desvanecimiento de una idea que tenía y he tenido sobre mí, sobre el mundo, sobre la sociedad, sobre una realidad que va a pérdida y, con ella, toda posibilidad de salvación. Esta, es la historia de algo que nunca sucedió.

Y sin embargo, es una historia feliz. Feliz y bruta, ya que esta no es una historia lúgubre, ni mucho menos una victimización inerte de lo que pretendo ser y hacer. En realidad, es algo chistoso, absurdo, noble, salvaje y lleno de sonidos y furias y epifanías y polvo y nada.

Es triste, quizás, que uno llegue a los cuarenta años con muchas de las etapas de la vida adulta sin cumplir. Por lo menos, no puedo decir que tengo la vida resuelta, y que de aquí en adelante me dedicaré a engordar y a caminar por los pasillos de Wal Mart con mis huaraches de suela de llanta y mis calcetines blancos que suben casi hasta la rodilla, la barriga creciendo y las arterias adelgazándose mientras yo, un hombre más, simplemente me doy por vencido. Todo lo demás estaría arreglado para mí –el trabajo cómodo, la esposa cómoda, la casa cómoda, las canas cómodas, los viajes cómodos a la playa—y lo único que faltaría hacer sería morir. Nada de eso ha sucedido, aunque se supone que ya debió suceder. De modo que, por un lado, me siento el hombre más afortunado del mundo; por el otro, me siento en ruinas. Arruinado. Cansado y con una sola certeza: en este momento, he caído en cuenta que no seré lo que nunca he sido. Pero creo que esto es lo que me tiene en este dilema, frente a ustedes, presentándoles un remedo de proyecto, una idea, una propuesta que ha volado por mi cabeza durante mucho tiempo y que ahora, cuando buscaba llevarla a su culminación, a su existencia física, una serie sucesiva de obstáculos fuera de mi control me lo impidieron. Los obstáculos son, irónicamente, la vida misma, la vida y sus vericuetos, sus trucos, sus pendientes, sus urgencias y sus presiones. Esta, [click] es la historia [click] de una exposición que no pudo llegar a ser.

La historia comienza en el origen de la obra de arte. Muchos la postulan en ese instante efímero en que la cosa llega a ser eso otro que nosotros queremos que sea, pero yo la verdad pienso que se origina en ese umbral en el que vivimos, dentro y fuera del orden natural, cada objeto una ventanita que nos permite ver hacia el otro lado: el paisaje en ruinas. Si lo vemos desde cierta perspectiva, la obra de arte esconde tras de sí el desencanto de todo el polvo acumulado o disperso en su objeto: hasta las obras más conocidas e importantes en la historia tienen almas que penden de un hilo. Flotan en un vacío, a veces llamado museo, a veces galería, a veces la sala de la casa de tu tío o del excéntrico dueño de una petrolera y su colección de bolas de básquet firmadas por algún artista británico de cuyo nombre prefiero no acordarme. Detrás de cada obra de arte se encuentra su esqueleto, sus huesos, poco a poco royéndose por el tiempo.

Las obras de arte son la ruina de algo que se mantuvo: el pasado, la mirada de un viejo sátiro, el semblante simbólico de un ente divino, la furia momentánea de un trazo salvaje, un escenario escandaloso, una búsqueda por unirse al cosmos que termina con el sujeto perdido en el anonimato de sus propios pensamientos. Las obras son la memoria aferrada. Esta es la historia de una memoria que se inventa: la memoria de una exposición ficticia.

Pero, ¿es ficticia? Déjenme les platico lo que iba a hacer.

Hace mucho tiempo, decidí que mi gran tema por abordar en las artes visuales sería la memoria. La memoria, me dijo un maestro, es la cosa más fugaz, más arbitraria y más repentina del mundo. Y siempre es algo que va a pérdida. Lo único de lo que podemos sostenernos para que prevalezca la memoria es la huella que deja a su paso. Huella de huaraches cruzando un pasillo de Wal Mart sí, pero también huella de una mancha que deja los rayos solares en el piso de la cochera, huella los restos de comida que deja un indigente al fondo de un callejón, huella y rastro las heces que arroja un pichón en el parabrisas de un auto, huella el hueco de sonido que deja la voz de una persona que te ha marcado en la vida, y que de pronto entra nuevamente en tu cabeza. Huellas las que dan testimonio de lo que fue, las que permiten especular la historia secreta de las cosas, las personas, los espacios, los mundos.

Descubrí que Mexicali es una ciudad de escombros y huellas permanentes. Poco a poco he visto la transfiguración de algo que se ha mantenido igual, o de algo que mantiene la ilusión de que las cosas se han mantenido igual. Lugar sin ecos que juega con expandirse hasta el infinito, a pesar de que todo lo deja a su paso: colonias, barrios, centros de ciudad, las grietas y baches en las calles, la separación de los marcos en las puertas, no nos damos cuenta que es una ciudad en constante desmoronamiento: físico, mental, emocional, espiritual, una suave pero salvaje decadencia. Me gusta ver los pliegues de tierra con incrustaciones de basura, me gusta pensar que esta es una ciudad en la que todos sus caminos de salida te conducen a cementerios, esto es: hacia la última huella, la más contundente. La que nos dice: aquí yace lo que una vez intentó ser.

De manera que todos estos pensamientos me llevaron a inventar piezas donde lo único que prevalece es la capacidad plástica de lo derruido, de lo descompuesto, lo baldío. Me gusta ver los trozos de cartón de yeso en el suelo de un edificio abandonado, porque es la señal de que las cosas regresan a su estado original: la arena. El polvo. Me gusta ver las inscripciones incidentales en los muros, en las puertas de vidrio de edificios abandonados, las aperturas en los ductos de la refrigeración que suelen alojar a hombres a gatos o a pichones. Desde niño he pensado que los lotes baldíos, incluso los cercados por sus dueños, son el aviso de que todo, en algún momento, regresará a un origen: al vacío.

¿Y quiénes son, para mí, los salvadores, los héroes de esta trama perpetua de desvanecimientos, de cosas, objetos, espacios y personas que van a pérdida? Puedo dividirlo en dos: primero, hablemos de los recolectores de polvo; luego hablemos de la vida interna de los objetos olvidados.

Los recolectores de polvo. No me refiero a los basureros, ni a un plumero, siempre amenazando con convertirse en pajarraco. Me refiero a aquellas personas que se dedican al lento, arduo y vilipendiado trabajo de recoger el polvo que se sienta en nuestros carros: los franeleros. Son una especie proliferante en la ciudad, fantasmas benignos que acarician superficies, que impiden el contacto visual con el conductor para poder hacer su trabajo, que se esmeran en resguardar en sus franelas el polvo que este mundo desprende. ¿De dónde viene este polvo? ¿No se han dado cuenta que nuestros vehículos motorizados son los que ayudan a que distintas clases de polvo circulen en la ciudad? Puede venir del valle o de San Felipe, puedes hacer un largo viaje o cruzar un sendero de terracería, perderte luego en el centro de la ciudad, estacionar tu carro en un edificio que está siendo demolido, puedes dejar tu carro varado en una colonia desconocida, durante días y días, ya que por algún motivo no funcionó y tuviste que dejarlo ahí. Y luego ese polvo que se acumula en el techo y en el cofre y la cajuela, que se incrusta en los vidrios y los espejos retrovisores, luego descubres que ese polvo es el polvo de todos. No sabes cuántas pieles desprendidas y convertidas en polvo pueden asentarse en la superficie de tu carro. Es ahí donde entran estos hombres. Con parsimonia e insistencia, como un ejercicio disidente se acercan a los coches en los semáforos, en supermercados, en las filas para cruzar al otro lado, y con una elegancia que casi nadie ha descubierto, se dedican a bailar alrededor de tu carro, incrustando en la franela aceitada el cúmulo de polvo de tu mundo acumulado, el registro de tus andares, todo esto generando una suerte de manchismo accidental en esa otra superficie: la franela.



Estas franelas tienen el polvo de todos nosotros: el polvo en el carro del vendedor de seguros, el de la señora emperifollada que va de prisa porque necesita comprar sus pastillas supresoras de apetito, el polvo en un vehículo demasiado chico como para aglomerar a tal cantidad de niños y tías y primos, sardinas sudorosas en el asiento trasero (obviamente sin refrigeración), el polvo del padre de familia que trabaja en el corporativo o en gobierno del estado y de vez en vez se da sus escapaditas a un motel de paso para verse con su amante, otro padre de familia de otro corporativo. Se encuentra el polvo en el carro de la madre de casa, de la madre soltera y de la madrecilla aquella, ese chaparrito cabrón y acomplejado que siempre quiere liarse a golpes y gritos con todo mundo. A veces, los franeleros tienen que escalar hasta la cima de enormes Pick Ups piloteados por un señor con las canas pintadas de un color que no corresponde al de su cabello. Pero no importa, porque reconocen su labor: son los acumuladores de la vida desvanecida de las cosas de nuestro mundo. Y se hallan concentradas en sus franelas.

Quise rendirle homenaje no sólo a estos tipos sino a las franelas. Así que decidí, hace mucho, que un día de estos iría a la garita localizada en la calle Novena, donde había encontrado una vez a la mayoría de estos fantasmas, e intercambiarles sus franelas por franelas nuevas. Le pedí a Rey Larios que me acompañara, para no verme como un freak al que no se le puede confiar, pero más que nada, para sumar a otra alma al mini proyecto. Estuvimos recientemente en la garita, donde duramos menos de cinco minutos, canjeando franelas. La primera persona que abordamos fue un poco rejega: las franelas no venían “tratadas.” No obstante, en poco tiempo aparecieron otros franeleros, como si los hubiera producido el pavimento (y es que al principio no los divisamos) cargando con sus franelas en busca de un remplazo.  No pude evitar la ternura de un muchacho que me dijo no tener franela qué intercambiar, solo un trapo amarillo, pero que si de todos modos le regalaba una.

¿Cuál era la idea, de aquí en adelante? Simplemente, mostrarle al público las vicisitudes plásticas que contienen estas franelas. Quería colocarlas en un marco, pero que se vieran las texturas y manchas por los dos lados, quería que colgaran suspendidas en medio de la sala, frente a una franela mayor. Esta franela sería de unos seis metros, y colgaría del techo hasta caer al suelo, y estaría compuesta de diversos tipos de polvos: sería la acumuladora de polvos mayor, ya que con ella pensaba realizar una acción en el Blvd. Justo Sierra, en la cual pudiéramos quitarle el polvo a los carros que cruzan los viernes por la noche.

[se levanta para hacer la descripción física del espacio y del montaje. Reparte franelas a los asistentes]

Probablemente sientan que se trata de mugre, incluso de gérmenes y otros contaminantes. No se preocupen por eso. Concéntrense en las manchas, las posibles impresiones de las huellas o la presión de las manos y los dedos de los franeleros: ¿Cómo sucedió eso? ¿A través de qué accidente feliz comenzaron a detallarse las manchas abstractas en la superficie de la tela? Las manchas, por lo tanto, son la abstracción de nuestra pérdida. La acumulación del polvo de nuestros tiempos.

¿Cómo son nuestros tiempos, cómo es el polvo de nuestros tiempos? Es el fétido olor de los insecticidas, de los desechos de las maquiladoras, la acumulación de gases, el humo de neumáticos quemados, es el aroma del exceso, la densidad postapocalíptica, postcapitalista, en medio de una ciudad que vive inmersa y apesadumbrada por la acumulación de su propia energía. Cada humareda de taquería, cada camión que deja una estela negruzca, cada ventarrón fatídico, cada cúmulo de polvo en los rincones de las calles, las entradas de las casas, los patios traseros, las orillas de este mundo, es el aviso de una ruina original.

Pero existen otras ruinas, o mejor dicho, otros cuentos, otros relatos que son asumidos por la mirada que contempla y que trata de evidenciar las posibilidades de algo. Son los objetos arruinados, mitad basura mitad desecho, que colindan entre el olvido y la memoria. Son los objetos encontrados en sitios abandonados, espacios en desuso, sitios acordonados para evitar una fatalidad. Son, por ejemplo, las últimas obras de arte que encontré en una vieja galería.

Muchos, no todos, lamentamos la caída del Mercado Municipal. Caída metafórica, caída contundente que nos recuerda que esta ciudad desecha y se dirige a otras planicies. Lo que una vez sirvió deja de servir, lo que una vez significó poco a poco pierde su significado, se abandona para pasar a otras latitudes. Recuerdo mucho al Mercado Municipal como un espacio donde los artefactos en desuso de nuestro mundo iban a parar, los objetos que consumimos como soldados desterrados que buscan un sitio donde perecer. Hubo varios locales con antigüedades, hubo muchos locatarios en el Mercado Municipal que eran en sí mismos una antigüedad andando. Recuerdo una tienda de jugos, donde pude ver acumulado el sumo de miles de naranjas que fueron exprimidas ahí: una imagen nada salubre. Recuerdo, especialmente, la galería García Arroyo, estandarte de las prácticas más libres de la producción artística local, un sitio que daba la bienvenida –a veces a regañadientes—a toda propuesta que surgiera de una mente artística febril y con escasos recursos. Pude ver en esa galería desde las exposiciones más emblemáticas hasta la congregación de un gremio pequeñísimo de artistas y entusiastas de la cultura. El espacio también pudo ver una infinidad de jóvenes y niños sentarse en las mesas a producir obras, que podían ir de las manualidades más básicas a las formas más esquizofrénicas. La galería García Arroyo fue un sitio desde el cual se pretendía, sin pretensiones, activar la expresión cachanilla.

Y tras una visita que realizaron unos estudiantes de artes plásticas, desde donde se intentaron producir diversos tipos de propuestas, fotográficas, audiovisuales, performáticas, pude rencontrarme con un espacio ya en ruinas.

Hay una extraña fascinación por los sitios abandonados; tienen esa cualidad de revelar más de su historia a partir de los rastros que encontramos en nuestro paso: el vidrio en el que venía la inscripción biselada “SALA DE ARTE” y que estaba en la parte superior de la entrada de la galería, se encontraba sospechosamente colocado en la planta baja, rodeado de objetos que daban la impresión de ser los restos de una ciudad desalojada apresuradamente. Alrededor, había una serie sucesiva de papeles, revistas, anuncios de Sabritas y Coca Cola, y un álbum con recortes de periódico de todos los eventos artístico y culturales que habían ocurrido en los últimos veinticinco años en Mexicali. Parecía el escenario final de una fiesta, la llegada a término de un espacio abandonado a la fuerza. El Mercado Municipal, ahora es una  estructura endeble en la cual se resguardan seres igualmente endebles: indigentes, pepenadores, y la numerosa colección de objetos olvidados.

Unas semanas después, decidí visitar de nuevo el edificio; decidí subir al segundo piso para verificar qué rastros habían quedado en el lugar donde antes se encontraba la galería. ¿Mi objetivo? Rescatar obras. Seguramente algún incauto o descuidado artista de los talleres dejó sus trabajos ahí, seguramente encontraría los restos de lo que en un momento pretendía ser arte. ¿Cuándo o en qué momento el arte pretende serlo y cuándo deja de serlo? ¿Es que acaso nunca lo es, o acaso siempre lo es? Son preguntas que dejo flotando en el aire.











Fue en ese encuentro donde pensé en la segunda pieza. La titularía “La última exposición,” y más que un tributo, se trata de, efectivamente, montar la última exposición de obra existente en el espacio de la galería García Arroyo. Solo que esta vez, la exposición no sería en la galería, sino por fuera, en otro espacio, un espacio como éste, en el que nos encontramos. La parte frontal del muro nos mostraría el escenario tal y como lo encontramos hoy: [ver sucesión de imágenes].

Los muros laterales, y algunos pedestales, resguardarían las obras que pude rescatar de entre el escombro y barrotes de madera y formularios de la antigua oficina de reclutamiento militar. Me detendré un momento para hablar de cada una de ellas. Todas, salvo el caso de una, son anónimas.



1. La primera pieza, a la que titulé “la casa ideal,” consiste en una pintura mezcla de acrílico y pastel (aunque al parecer el pastel fue aplicado después, como una suerte de “intervención” de obra) cuya parte central nos presenta una casa en cuyo interior brilla un arcoíris. De intenciones francamente minimalistas, la pieza intenta esbozar un concepto de la casa como hogar, como sitio donde se resguardan los ánimos y los sueños de las personas;



2. La siguiente pieza es algo que podríamos denominar “arte objeto,” o “arte documental.” Se trata de un talonario donde aparecen escritos los datos de personas que se inscribieron a un curso titulado “Belleza.” Sólo me queda especular en qué consistieron las clases, si se trataba posiblemente de un seminario aristotélico-tomista dedicado al acto de contemplación de las cosas bellas. Sospecho que se formularon una serie de acciones de arte muy sutiles, muy sublimes al mismo tiempo, en donde las personas se situaban en distintos lugares de la ciudad para verificar, sin éxito, exactamente dónde reside la belleza de nuestro entorno.



3. Enseguida tenemos una pieza de neográfica que he titulado “Máscaras venecianas,” en realidad, la recreación de un cuento oscuro escrito por Bioy Casares, en el cual la confusión de una danza de máscaras en tiempo de carnaval en Venecia, pone a prueba el amor infinito que se profesaban estas dos personas. Puede ser eso, o simplemente, la persona que hizo la estampa se encontró la imagen en una revista, y le pareció interesante, oscura y sugerente. Tal y como se han formado las mejores obras de arte.



4. A continuación tenemos “La casa ideal # 2,” una interesantísima pieza que combina los valores del arte objeto con la producción artesanal, en la que se recupera la vieja práctica del mosaico esmaltado con estampado hecho a mano, y donde podemos ver, sutilmente, cómo el artista recrea esa serie sucesiva de casas crecientes en los residenciales privados de la ciudad. Es en sí misma una discusión sobre los modos en los que la desigualdad socioeconómica es representada por el desequilibrio en la expansión territorial de los vecindarios, donde, como una suerte de simbolismo capitalista, el vecino rico se come al pobre, o al menos rico, o al necesitado, o al que, a causa del debilitamiento del ingreso y la capacidad adquisitiva de las clases medias, es consumido literalmente por los otros, en un juego rapaz y predador, al que, por cierto, ya estamos acostumbrados.



5. Luego viene “De mística ilusión,” una obra de medios híbridos que combina la serigrafía con el bordado con la inscripción poética-visual, digna de las mejores tradiciones de vanguardia de los años sesenta. Esta recuperación de valores textuales y plásticos (puede verse en las orillas cómo la inscripción “Gabriela Mistral,” rodea todo el óvalo maltrecho) nos habla de una aguda relación entre la factura y la capacidad de expresión de la palabra escrita. Una de las joyas de la exposición.



6. Ahora tenemos “El Castillo Encantado,” una obra igualmente de medios híbridos, que combina el bordado en tela con relieve y la libre pigmentación de colores, aplicados directamente en el tejido bordado. Llama especialmente la atención cómo el azul del cielo es dominado por el verde que corona toda la imagen, un recordatorio de la permanencia de la naturaleza indómita, en medio de un Castillo rosado de imponencia majestuosa. Probablemente lo hizo un futuro líder político.



7. Y ahora tenemos “Estudio para ocres y cafés,” una síntesis pictórica que remite a los años en los que prevalecía un arte que mezclaba valores de diseño con elementos de expresión plástica. El círculo rojo colocado detrás de un fondo aparente de barras negras, establece un equilibrio primordial de las partes, ahí donde el ojo identifica su punto de inflexión.





8. Enseguida tenemos una de las piezas emblemáticas de la colección: “Cabeza-consumo” es una suerte de collage tridimensional, consistente en una máscara de papel maché al cual se le insertaron infinidad de etiquetas de marca, no sólo una obvia referencia a la sociedad de consumo, no sólo un homenaje a las viejas tiendas departamentales ubicadas en la ciudad de Calexico, sino también una fiel aplicación de valores estéticos dadaístas, en clave contemporánea.









9. Y finalmente, pero no menos impactante, es la pintura titulada “el lamento de las tortugas,” original de “Adriano” (origen y edad desconocidos) una bellísima exploración de arte “naive” que mezcla algunos valores expresionistas para aludir a distintas maneras de abordar la alegoría de la tortuga como imagen del pensamiento en relación con la perpetuidad y velocidad de la realidad, entendida como la captura meditada del instante.

Como podrán darse cuenta, y como explicaré enseguida, ninguna de estas obras se encuentra en exhibición. De hecho, se encuentran actualmente resguardadas en una bóveda de ambiente climático regulado (ya sabemos cómo nos ha tratado el calor este verano), y serán posteriormente restauradas y catalogadas para formar parte del archivo general de obras artísticas mexicalenses, siendo este hoy en día un archivo y un catálogo inexistentes.

Como les he comentado desde el principio de la conferencia, esta es la historia de una exposición que pudo haber sido, la idea creadora de algo que tuvo el potencial de ser otra cosa: la presentación de una experiencia. Una serie sucesiva de factores personales, económicos, políticos e ideológicos me llevaron a sufrir una severa crisis nerviosa la semana pasada, la que me hizo pensar en la posibilidad de estar perdiendo la razón, pero que, una vez atravesado el umbral de una locura que nunca llegó, pude descubrir una luz. La luz, es la presente conferencia: una manera de exponer sin obra, sin recursos, sin tecnicismos museográficos, sin montaje y, en cierta medida, sin objetos. Estriba de la necesidad inherente en mí de crear algo, pero es aunada a la necesidad de re-crear, ambos campos ambivalentes forman parte de mi quehacer. Y mi intención fue la de fusionar los dos principales componentes de mi vida creativa: la escritura y las ideas visuales. Éstas segundas, por supuesto, han sido mermadas por mi incapacidad –fíjense qué básico—de lograr el presupuesto correspondiente para la producción de las piezas. En algún momento quise darme de patadas en la espalda por no lograr algo tan simple: tener la obra a tiempo. Pero luego me quedé pensando, ¿es realmente toda la culpa mía? ¿No vivimos acaso en un entorno hostil para el productor de artes visuales? Rodeados de espacios que luchan por subsistir en los intersticios de la cultura, en una comunidad que se rehúsa a ver la actividad de los artistas plásticos como una actividad remunerada y económicamente satisfactoria, en un mundo que se niega al coleccionismo de arte local (las figuras son contadas) y en un mundo donde, igualmente –no nos hagamos tontos—el mismo artista vive en la constante duda sobre su quehacer y función en el sitio, lo único que puedo concluir es que vivimos en una suerte de ruina, una suerte arruinada, un tiempo muerto, donde nuestras creaciones se suman a la fugacidad de los objetos y situaciones que van a pérdida.

El sentimiento lúgubre es el siguiente: nada de lo que hemos hecho en los últimos cinco años ha sido registrado en la memoria colectiva de nuestro pueblo. Pero no es nuestra culpa; incluso, podría decirse que es hasta mejor, ya que esto se debe a que el arte producido en la localidad es una de las grandes muestras de resistencia que ha ejercido nuestra cultura presente, un desafío a nuestros modos de asumir el bienestar.