31.5.26

 Cuando el arte

es una forma 

de convertir el alma 

en huésped del cuerpo


Prolegómeno 

Esto no es un homenaje 

Esto no es una colección miscelánea de recuerdos 

pero sobre todo

Esta no es una sesión espiritista 


Esta es una serie de consideraciones en torno a la obra de una artista 

en donde obra y artista se funden en una 

para resistirse al tiempo

No se vale llorar. Aunque se vale llorar. 


1

Las palabras quiebran, sobre todo cuando las conviertes en las esencias que un cuerpo utiliza para mostrar una vida que fue obligada a vivir en los intersticios de una ciudad que te come vivo. 

No puede entenderse a sí mismo un cuerpo performático si no se entiende en tiempo presente. Tampoco entendemos la performance si la agencia del cuerpo receptor se integra a dicho presente. La performance es acontecimiento puro, cualquier registro no es más que residuo, ruina, de lo vivido. No obstante, lo vivido es algo que permanece en la memoria y en las esencias. En lo que el cuerpo sintió. Puedo, por ejemplo, recordar aquella tarde cuando toqué el vientre de Ale, en aquel entonces Julio, en el sótano de una escuela de artes. El espacio estaba vacío salvo un cubículo hecho de sábanas, recuerdo vagamente una luz al interior. De la sábana salía un vientre pintado de blanco. La pieza invitaba a tocar el vientre. Lo hice. Abrí la palma de mi mano y reposó en aquel vientre blanco. Pude entender en ese intercambio que la vulnerabilidad es algo que debe transgredirse. De lo contrario, la vida del cuerpo se pierde. 

Amor, curiosidad y coraje: esas son tres cosas que siempre pude notar de la respiración de Ale. La vida vivía en su pecho, un abierto recipiente que a diario llenaba con las vicisitudes de la experiencia. Ale sabía verte a los ojos, pero también sabía perderse en su propia mirada. Toda clase de asombros lo envolvían constantemente, asombros que podían provenir de la dulzura, de la broma oscura, del chisme como modo de convivencia y línea de fuga, así como de las innumerables injusticias y violencias cotidianas que el mundo y ella misma inscribían en su piel. Estas aglomeraciones del goce y del dolor, de la risa y el sufrimiento, del sueño y de la magia, están vertidas en esa otra clase de presencia suya que encontramos en sus obras. Ale vivía en los umbrales donde obra y vida se desvanecen, se funden, se despliegan en el tejido social, en el edredón de relaciones y experiencias sensibles, amorosas, encabronadas y sensuales con las que ella buscaba trastocar a la piel y la mirada ajena. 

4

En las obras de Ale no hay carcajadas. Éstas las arrojó en vida y ante la presencia aliada de todes los que estuvimos cerca de su piel y su respiración. Una variedad de rostros y voces nos sentimos en algún momento parte de esa cofradía secreta que Ale inscribía en las y los demás. Y la celamos. La consideramos nuestra. Se vuelve nuestra propiedad porque de algo queremos aferrarnos para no perdernos en el sinsentido. Esto no es sano. Esto no sana. 

Pero entonces, ¿qué hay en la obra de Ale? Una piel y una respiración atravesadas por los lenguajes y una búsqueda perpetua por nublar las barreras que separan a las disciplinas, ahí donde fotografía, dibujo, audio, texto y acción corporal son uno y lo mismo. De aquí deriva que la obra y vida de Ale fue una suerte de excritura (a la manera de Jean-Luc Nancy), formas de respiración y suspiro exhalados a través de una declaratoria manifiesta de las identidades fluidas en pie de lucha contra la violencia cotidiana, inscrita en muros o acompañada de gráficas múltiples que traspasan los muros oficiales del arte para situarse allá afuera, en el campo de batalla de la ciudad y el espacio público. Por otro lado, tenemos la acción corporal, el contacto vital con lo otro como acto de vulnerabilidad y sanación, donde el abrazo, la mano estrechada, el aliento y el ritual conviven en actos de un presente lúcido donde lo político y lo estético se funden para generar una especie de ceremonia que le menta la madre a toda forma de exclusión: su exclusión como artista, su exclusión como piel atravesada por enfermedades que destierran, su exclusión como persona trans, como la cuerpa que librada de las ataduras con las que nos asfixiamos en este desierto hostil decide bailar con los ojos cerrados. 

Es por ello que en esta última consideración quisiera abordar una verdad incómoda: No sé si a Ale le hubiera gustado encontrar su obra desplegada en este recinto, y esto se debe a varios motivos. Primero, porque una de las tantas exclusiones que vivió en su trayectoria tuvo que ver con la exclusión institucional, y debemos entender que su obra es, entre muchas otras cosas, una crítica institucional. Tengo presente la noche que se inauguró su pieza Tour en la Biblioteca del Estado. La pieza consistía de cuatro proyecciones en los muros del espacio, dos hileras de sillas en medio, y una pieza de audio que repetía en loop el despegue de un avión de pasajeros. Las proyecciones eran una colección de fotografías de viaje, donde a veces parecían fotos turísticas y a veces documentaban las minucias que encontraba en sus derivas por varias ciudades. 

Aproximadamente media hora antes de la inauguración, un trabajador del antes ICBC le preguntó que a qué horas iba a desocupar los proyectores. Tenía que llevárselos de vuelta al instituto, no podía dejarlos ahí. La exhibición duró una hora, nada más. Los proyectores fueron retirados, la instalación dejó de existir. 

El segundo motivo es una especie de consecuencia de esta clase de experiencias: la presencia de Ale en el desarrollo, evolución y producción de arte en los espacios independientes. No puede entenderse la obra de Ale si no es desde estos mismos recintos: La Casa de la Tía Tina, Hostal, Mexicali Rose, Escritorio de Procesos, entre otros que por el momento lamento no recordar o haber conocido, todos estos espacios tienen la inscripción y presencia de Ale, como creador y como gestor, como proponente estético y como guía espiritual, generando una simbiosis entre artista y espacio donde ambos se definen de manera interdependiente. 

El tercer motivo nace de los dos primeros: ante la exclusión institucional de sus estrategias como artista visual y ante la vitalidad de las obras que creó en los espacios independientes, ¿qué sucede cuando la institución coopta el discurso para hacerlo propio, en aras de una inclusividad que quizá no sea contingente sino apaciguadora? 

Sin embargo, he aquí un dilema: la supervivencia de la obra, la revisión minuciosa que nos permita construir y comprender la cosmovisión de Ale, a no decir de los obligados, pero al mismo tiempo siempre olvidados protocolos que permitan el archivo y documentación de las obras de artistas. En este sentido, igualmente considero muy necesaria la presencia de la obra de Ale en esta exhibición y en este recinto. Podemos verlo como un triunfo de sus resistencias, pero sería demasiado romántico. También podemos verlo como una oportunidad para que las generaciones actuales de artistas y personas trans o de identidades fluidas reconozcan la historia de una lucha y una resistencia manifiesta en la obra de Ale, aunque me preocupa un poco que esto no sea más que otra forma de instrumentalizar, de “darle una función social” al arte, noción que va en detrimento de toda la serie de agudas consideraciones que Ale ejercía en torno a sus propuestas. 

Es por ello que lo que podría proponerles es que lo veamos de este modo: aquí está la obra de Ale. Ella ahora es libre y nosotres no. Nosotres debemos continuar. 


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